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viernes, septiembre 23, 2016

No fui famoso, tercera parte: Raspao en mano

Publicado por Yo Soy Escribidor |

También me marcó una clase de Desarrollo Humano, en primer semestre, la profesora se llamaba Emiluz. Era un docente que parecía que lo supiera todo de todo. A ella me le acerqué a culminar una clase, a esbozarle mi vida, y ella, mirándome con una sonrisa que ahora descifro como premonitoria de un caos, me dijo: «Aquí no te mueres de una vez, sino poco a poco; pero, por lo menos, serás más feliz».

Y ahí fui, poco a poco, caminando en la incertidumbre. Descubrí prontamente un amor hacia la lingüística que me era desconocido hasta ese momento. Ir a la universidad era, con el tiempo, una catarsis viva de cómo me sentía. No tenía, de hecho, mucho dinero para ir. Era un gasto que no estaba nunca en mi presupuesto; sin embargo, por una especie de Providencia no falté ni un solo día en el que me era obligatorio ir.

Mis trabajos se dividieron en dos instantes, principalmente. En primer lugar, conseguí un trabajo en un colegio al sur de la ciudad. Las condiciones para trabajar eran difíciles: en cuanto al pago, $2.500 la hora; todos los cursos desde sexto a once; larga jornada; a esto hay que agregar que el contexto socioeconómico hacía que los estudiantes no tuvieran más aspiraciones en la vida que ir y devolverse a su casa. Ahí trabajé un par de meses. Para  mí, por más que pude y quise, mi vida emocional no me permitía rendir al cien y, adicional a eso, en el pago, al mes no llegaba ni a los trescientos mil pesos, lo que es una barbaridad para vivir. Sin contar, por ejemplo, que el colegio tenía estudiantes que nunca pagaban ─muchos, y esto hacía que no hubiera dinero para pagarnos: nos daban adelantos o nos decían que «cogiéramos una moto y que allá se las pagamos». Aquí enseñé, sin la pericia respectiva, religión, ética y artística. Intenté ─digamos, por el lado de la artística─ enseñar origami, Tamgram, historia del arte ─defectuosamente, por supuesto, porque fue más un arriesgo que otra cosa─.

En este trabajo tuve que renunciar para poder presionar a que me pagaran dinero que me debían. En ese primer período en el que trabajé, los estudiantes no fueron muy aplicados, y la mayoría perdió conmigo. Con las semanas, antes de renunciar, supe de varias pandillas que eran integradas por alumnos del plantel: los Transformers y los Filipichines. En esos términos, por supuesto, no me iba a someter a un daño en mi integridad; pasé a todos los estudiantes.


Maua en blanco y negro
Por otro lado, fui monitor administrativo del Museo de Antropología de la Universidad del Atlántico. Ahí estuve dos años con un sueldo modesto, pero con una experiencia formidable. Aprendí de las comunidades indígenas, de cultura, de historia Caribe. Allí hacía guías a colegios. A veces, eran tantas las personas que nos abrumábamos dando las guías e inventando actividades para completar o quemar tiempo. Aquí conocí grandes amigos y lo disfruté. Nota mental: la directora del Museo era (o es) una eminencia en lingüística, pero eso no la hacía buena jefe: la gente le tenía temor y pánico. Cuando ella estaba en el Museo, todos actuaban de manera sospechosa, como si temieran ser descubiertos en algo que ellos no sabían qué era. Había un silencio sepulcral y era imperativo el encierro oficinesco de algunos de ellos. Los guías no le teníamos miedo, o eso siempre pensamos. Una vez, salí a la puerta y me compré un raspao. Y me senté a comérmelo con gusto. Ella llegó justo en ese momento. Al verme, con sus ojos profundos me miró, pero su asombro no le dio sino para decir «buenas», moviendo la mano en señal de saludo. Yo, sin el menor remordimiento, le respondí, raspao en mano, moviendo la mano de manera recíproca: «Buenas, ¿cómo le va, profe?». 

Ya a esta altura del partido, había olvidado querer ser actor, comunicador social o algo similar. Sin embargo, tuve momentos de protagonismo en el Museo. Una vez, llegó Telecaribe, y yo era el único de los guías que estaba. Necesitaban mostrar ciertas actividades con niños ─grababan un programa infantil que se transmitía los domingos en la mañana─ y explicar la experiencia de la actividad, mientras hacían un par de tomas. Ahí hice mi mejor esfuerzo. Tenía temor de no salir bien en cámara, o que dijera alguna estupidez. Luego, al verme en televisión, vi que no lo hice tan mal y que tenía un cierto talento. De hecho, pensé que la voz se me escuchó chévere; eso fue lo que más pensé en aquel momento.

Quizás mis motivaciones de vida cambiaron y necesitaba enfocarme en la docencia. En ese nuevo camino largo que no decidí, pero que decidí al tiempo, y donde buscaba una especie de puesto en los días, que no me contara como uno más en la historia humana. La docencia ya me mostraba sus dos caras: la satisfacción de decir verdades a los otros, y la frustración de no ser comprendido (continuará…).

Primera parte: Preámbulo


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Porque al que se le conoce hoy como profeta se le llamaba vidente: